Buscando las palabras que no existen

La tía Lisa les pidió a los milicianos que la dejaran pasar por Peñaflor y ella siguió la ruta profunda de sus afectos desordenados a pesar de aquella guerra que no parecía que la afectara mucho.

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Creo que eran más o menos las diez de la noche porque ya habíamos acabado de cenar y había empezado a fregar los cacharros. Mi padre estaba en el comedor viendo la tele y mi madre hablaba con mi hija en la cocina. Subí al cuarto y me tiré en la cama. “Va a pasar pronto”, debí de pensar en algún momento. La luz de la lámpara estaba encendida y me concentré en las partes del cuerpo que se iban paralizando, recortes conjuntos de piel y carne que empezaban a diferenciarse en la manera de sentir: el borde de la mano derecha, justo donde se encuentra el dedo meñique, la parte superior de los gemelos cuando están a punto de alcanzar las rodillas, el perfil de la mandíbula rozando los pómulos de la cara… Me levanté con la misma impresión de estar flotando que había estado sintiendo los últimos días y salí del cuarto. A pesar de la firmeza y de la seguridad con que en realidad caminaba, tenía la sensación de ir pisando huecos, como si los receptores sensoriales localizados en alguna parte del cerebro se empeñaran en contradecirse.

En el espejo del pasillo nos vi a mi madre y a mí, abrazadas, y en el fondo de la luna de ese espejo reconocí a mi hija avisando a los servicios de urgencias. Le pedí a mi madre que no me abrazara más, que no me tocara, pero en cuanto acabé de decirlo, agarrándome aún a las últimas sílabas que sirvieron de límite entre ese instante y el que siguió a continuación, ya me encontraba delante de la casa, en la parte de afuera de la verja que separa la acera del camino, siguiendo a toda prisa mis propios pasos.

Ahí —delante de la casa— los vi a todos como en una película: a mi padre, a mi madre, a mi hija mayor. Luego a la médica de guardia, al asistente de la médica de guardia y a dos vecinas que habían salido a dar un paseo por el pueblo y pasaban en ese momento por nuestra casa. Era principios de otoño y la noche estaba limpia como una noche de verano en el sur. No se movía ni una sola hoja en los árboles y hacía calor, y la imagen de tanta gente reunida allí de pronto, recortada sobre la pantalla negra de la misma noche, le daba un toque de fiesta improvisada a la escena.

Me fui acercando a ellos y, uno a uno, mientras los miraba a los ojos, les fui diciendo lo que me había pasado: “Acabo de volverme loca”. Me impresionó el tono con que lo hice; sin miedo, sin angustia, sin dolor alguno por el dolor que cualquiera de ellos pudiera sentir.

Nadie me quiso creer y yo insistí, pero todos insistían en lo contrario, repitiendo, como en coro, que no había pasado nada. Me acerqué a mi madre otra vez y descubrí su mirada clavada en la mía. La vi lejos, pequeña, aunque no estábamos a más de medio metro de distancia la una de la otra —ella todavía haciendo lo posible por calmarme con un abrazo que no le dejaba que me diese—, y me vi también a mí, con aquel jersey a rayas naranja y fucsia que había comprado el invierno pasado y que empezaba a sofocarme. Solo a mi hija no le dije nada y, cuando alcancé a mi padre, que se había alejado un poco y ya estaba llegando al huerto donde tenemos los manzanales y el hórreo, como a unos cien metros de la casa, le di algún detalle adicional, segura de que a él le correspondía el privilegio de entender lo que los demás no podrían entender.

“Igual que tus tías”, le dije. Me miró. En otro momento hubiera sentido la tristeza de su mirada, pero no entonces.

Igual que Encarna y Carmen. Igual también que la tía Lisa, que en una ocasión llegó caminando a Portugal —siempre lo contabais— y les pidió a los milicianos que la dejaran pasar por Peñaflor, donde estaba el frente, que era ella. Los milicianos la dejaron pasar, y la tía Lisa siguió la ruta profunda de sus afectos desordenados a pesar de aquella guerra que no parecía que la afectara mucho. Esa noche también yo hubiera podido llegar a Portugal, pero solo llegué hasta la portilla del huerto donde mi padre había llegado para decirle lo que acababa de pasarme.

Como buscando alguna clave detrás de la cuenca de mis ojos mi padre me miró, huyendo a la vez del reflejo de mi mirada en la suya, y me dijo que estaba a punto de llegar la ambulancia. No era cierto, la ambulancia tardó más de veinticinco o treinta minutos en aparecer por mí, y todos tuvieron que soportar la intensidad de esa media hora arrastrados por mis emociones, sin brújula que los orientara y deseando profundamente que la ambulancia apareciera y yo pudiera hacer un viaje de vuelta con el sentimiento de la percepción en orden.

Imagen de Grullos, capital del concejo de Candamu.

Mientras llegaba, volví a recordarle a mi padre a sus tías, segura de estar en posesión de las explicaciones de las que por tantos años habíamos carecido. Como si acabara de convertirme en la traductora emocional de Carmen y Encarna —hermanas de mi abuelo— y de Lisa —tía de su madre. No sé por qué en ese momento me olvidé del tío Alejandro. Me imagino que porque era el único hombre, o el único que tenía una pequeña historia que lo salvaba de la locura, o que al menos la justificaba: el único que era loco-pero-inteligente, loco-pero-poeta, loco-pero-enamorado. Enamorado de mi bisabuela, que era sobrina suya y que nunca lo quiso. O que no lo pudo querer, porque cuando a mi bisabuela Leonor se le había descosido totalmente el tejido de la memoria guardaba intacta en el espacio del recuerdo la poesía de amor que su tío le había escrito.

De Carmen solo sabíamos que salía a dar gritos a la ventana. De Encarna, que habían buscado su serenidad en las sesiones del electroshock. El cuento de la tía Lisa nos había llegado con más detalles que el de Carmen y Encarna porque había quedado en posesión de mi abuela, que le gustaba contarlo, y que hablaba de aquella mujer que había sido la mejor cocinera del pueblo y que enfermó de los nervios el día que se le quitó la regla. Desde entonces, la tía Lisa empezó a recorrer todos los caminos que se le ponían por delante hasta el día en que murió y su cuerpo fue a dar a aquel pedazo de tierra del cementerio que el cura se resistía a bendecir el día de Todos los Santos, y que las nuevas construcciones de nichos hicieron desaparecer para siempre. Yo no llegué a conocerla, pero me acuerdo de tener que ir con mi hermana detrás del cura a pedirle que bendijera la tumba de Lisa, que se había olvidado de bendecir. El cura volvía de mala gana y apuraba un rezo ininteligible con el que se suponía que quedaríamos satisfechos —aunque nunca quedamos— cuidando que los americanos que esperaban en el panteón de al lado no llegaran a incomodarse y no interpretaran aquella deferencia hacia la tía Lisa como un desprecio a los privilegios de esa familia pobre enriquecida en Venezuela, que en ningún momento el cura cuestionó.

Pasé la noche entera en el hospital. En la ambulancia me hacían preguntas para que no me durmiese, pero el sueño empezaba a controlarme y se me hacía difícil contestar como seguramente querían que contestara. La lucidez empezaba además a desvanecerse y me sentía aturdida. Por eso recuerdo muy poco de esos veinticinco o treinta minutos que debió de durar el viaje desde casa hasta la unidad de urgencias, y del tiempo transcurrido luego en la sala de espera de esa misma unidad de urgencias hasta que me atendieron. En el recuerdo también confundo la imagen de las dos doctoras que me diagnosticaron y me vieron esa noche. No sé cuál de ellas me dio una pastilla de color blanco que deshice con la saliva debajo de la lengua y consiguió intervenir en mi paisaje emocional en cuestión de segundos, ni cuál de las dos puso nombre a lo que me acababa de ocurrir.

Una y otra se parecían bastante: jóvenes, menudas, simpáticas… Mujeres seguramente entrenadas para recibir a una paciente a las dos de la madrugada con las conexiones mentales y afectivas fuera de sitio.

El informe que luego guardaron en un sobre y me dieron antes de decirme que podía regresar a casa estaba lleno de detalles que hacían placentera la lectura. Era, en realidad, una transcripción apenas modificada de lo que yo les había contado, el contenido organizado por una sintaxis que trataba de poner orden al desorden con el que había llegado horas antes a ese mismo departamento del hospital y que acabó alterado positivamente gracias al efecto de la pastilla que coloqué por segundos debajo de la lengua y de aquel informe límpido de la psiquiatra.

Un celador me acompañó a la salida del hospital para que cogiera un taxi. Por el camino hablé del trabajo con el taxista y le pregunté cómo le había afectado la pandemia, pregunta que les había estado haciendo reiteradamente a todos los taxistas con los que viajé ese verano sin que me quedara claro cómo les había afectado, porque la historia de la taxista que nos había llevado desde el aeropuerto de Santiago del Monte a Oviedo el día que llegamos a Asturias, a mediados de agosto, era muy diferente a la historia del taxista con el que fuimos diez días después a Grullos, cuando acabamos la cuarentena, y nos contó que había estado haciendo más viajes que nunca porque tuvo que seguir llevando al médico a toda la gente mayor que no tenía familiares que la atendiera.

Llegué a casa a las ocho de la mañana y mi madre me tiró las llaves desde la ventana del cuarto. Nadie se había levantado todavía y me acosté nada más llegar. Cuando desperté pasaba de la una de la tarde y, después de comer, volví a Oviedo con mi hija. La idea, en principio, era pasar el día entero allí antes de regresar a Nueva York: hacer algunas compras, pasear un poco, ver a alguna gente… Al final no estuvimos más de dos horas en la ciudad y no vimos a nadie.

Llovía mucho y mi hija no quería conducir por la noche con aquella lluvia. Pero aún tuvo que conducir con una lluvia que ponía a prueba al mejor conductor y que nublaba las facultades del más avezado.

El día que volvía a Nueva York también llovía y, cuando llegamos al aeropuerto, mi padre se quedó en el coche, disgustado porque yo le había pedido por el camino que dejara de decirle a su nieta cómo tenía que conducir, que era imposible conducir bien con aquella presión encima corrigiéndola cada dos minutos. Mi madre tampoco quiso acompañarme a la sala de espera y se quedó afuera, me imagino que resguardada en los aleros del edificio de aquella lluvia intempestiva que seguía cayendo. En Nueva York me esperaban mi hija pequeña y mi marido, en un aeropuerto casi vacío, con un ramo de flores.

Un comercio del Alto Manhattan, en Nueva York. Foto: Sarah Crawford

Me alegré de estar en Nueva York y sentí, extrañamente, que llegar a casa era algo parecido a llegar a casa, quizás porque mi estancia en España había sido más dolorosa de lo que podía soportar y el día a día en mi ciudad adoptiva representaba un alivio.

Cenamos, me acosté, desperté a las cuatro de la mañana y acabé levantándome a las seis y media. Me sentía bien y aproveché las tres horas que mi hija y mi marido tardaron en levantarse para revisar el correo y leer un poco. Prepararon panqueques con maple syrup para desayunar, y yo hablé con mi padre y mi madre para decirles que había llegado bien. Les conté que me habían quitado los chorizos en la aduana y nos pasamos buena parte de la conversación concentrados en esa pérdida, barajando lo que se hubiera debido hacer y no se hizo para que no me los hubiesen quitado, tratando de aproximarnos a la raíz de una situación que no salió como queríamos y exorcizando con las palabras la “mala suerte”.

La voz de mi padre y de mi madre, filtrada por el teléfono y anestesiada por la distancia, resultaba fácil de escuchar. Una conversación ligeramente monótona pero tolerable que, con pequeñas variaciones, se repetirá todos los días a partir de ese mismo día mismo de mi regreso a Nueva York. Cuando me mudé a los Estados Unidos, a finales de los 90, eran ellos los que llamaban todos los domingos a las once de la mañana —ni un minuto antes ni después— para ahorrarme el coste de la llamada. Ahora soy yo la que les hablo casi a diario, a cualquier hora, sin que interfiera ninguna preocupación económica de por medio. Más que hablar, lo que hacemos es intercambiar información, y dejo que sean ellos, sobre todo mi madre, quienes vayan enumerando cuantas veces quieran lo que han hecho, a dónde han ido, a quién han visto… No se quejan de las dolencias que van aumentando con cierta tranquilidad a lo largo de los últimos años, pero me van dando detalle de todas las consultas médicas que tienen o van a tener, y de los medicamentos que los médicos les dijeron que tomaran o dejaran de tomar. Si le pregunto, solo si le pregunto, mi padre me cuenta que sigue sintiendo una leve inestabilidad, que el médico de cabecera le está dando pastillas para el vértigo a ver qué pasa, que hay días, como el día que estuvo limpiando el gallinero y las jaulas de los conejos, que está bien, completamente bien, pero que son solo días, que aún no puede conducir, que no pasa nada si ya nunca más puede conducir. Pero él sí sabe que pasa algo y por eso lo dice, para convencerse de lo que no se acaba de convencer. Le digo que puede ser ansiedad, y se queda callado por unos segundos, antes de preguntarme qué es eso. Nervios…, le explico, recordando el vocabulario de toda la vida. “Así soy”, dice, “te acuerdas de mi madre, que así era”. Trato, creo que desacertadamente, de hacerle ver en qué rendija se encuentran las diferencias vitales entre él y su madre para que entienda por qué el mareo que a él le dio, y para el que no han encontrado todavía una causa, puede ser otra cosa. Me escucha desde un desconcierto profundo y entiendo que no debo seguir. O tal vez no sea desconcierto, sino una certidumbre que preferiría ignorar.

En cambio, la alegría de mi madre puede ser engañosa, porque detrás de cada oración suya hay una parte del cuerpo que le molesta de una manera que solo ella parece soportar. Le pregunto qué le duele y me dice, medio riéndose de la pregunta, si quiero que empiece. Le digo que sí, pero en un punto soy yo la que le pido que no me siga contando, que no me diga más, que empiezan a encogérseme cada uno de esos mismos puntos del dolor de mi madre a medida que me va diciendo.

Intuyo, mientras prolongo de manera inconsciente esa llamada que hice para decirles que llegué bien a Nueva York, y mientras mi hija pequeña prepara los panqueques para el desayuno, que estoy esperando a que me pregunten cómo estoy.

Pero no lo hacen. O lo hacen siguiendo otros caminos, haciendo preguntas que debo interpretar como quien lee un poema lleno de metáforas. Me resisto a la interpretación y me permito el lujo de sentirme resentida. La conversación hubiera sido distinta de haber llegado a urgencias aquella noche con una apendicitis. Así que ponemos un punto y aparte y, al día siguiente, añadimos un nuevo párrafo a ese capítulo común de nuestras vidas que vamos tejiendo a golpe de llamadas telefónicas. Y a veces, sin darnos cuenta, alguno roza la piel de la palabra justa y se siente el ardor que esa rozadura pudiera significar de seguir restregándola. Tengo la certeza de que no va a pasar, de que está todo bajo un control incómodo, pero curiosamente las palabras tropiezan unas con otras y, cuando nadie lo espera, nos situamos al borde de lo inefable.

A los pocos días, durante otra llamada, la voz de mi padre se llena de entusiasmo. Y yo también al oírlo. “No es mal narrador”, pienso en algún momento después. Tiene una cierta intuición para seleccionar los detalles que pueden hacer de una historia un relato de interés y le gusta indagar en las viejas historias de la vida. Hasta que el relato se vuelve exigente y no puede hacer más cosa que callarse.

Normalmente ocurre cuando apuro la anécdota con más preguntas de las que es capaz de responderme o con comentarios engorrosos. Pero ese día fui yo la que callé. Y el silencio no fue silencio, sino una amalgama densa de emociones difícil de nombrar.

Empezó contándome lo que había hecho hasta hablarme de la visita al médico de familia. Había ido a controlar el medicamento del vértigo que estaba tomando —a modo de prueba— para ver si desaparecía la sensación de inestabilidad que sentía desde la mañana en que se desmayó en el pasillo y lo tuvieron ingresado cinco días y cuatro noches en el hospital. Había vuelto a casa con la dudosa seguridad de que no tenía ningún problema de corazón, pero sin saber exactamente qué era lo que le pasaba y dependiendo del buen criterio del médico de familia para tratarlo.

Mi padre me cuenta la visita al médico y se agarra con toda la fuerza que puede a su propio relato, buscando la dosis justa de confianza que necesita para aceptar la idea de una recuperación en la que en el fondo no me parece que crea. Más que escucharlo, lo que hago es vigilar lo que dice, espiar todas y cada una de sus palabras, con la esperanza de que sea yo la que encuentre en alguna de ellas la clave de esa misma recuperación. Y como no la encuentro, finjo, supongo que con el mismo empeño con el que aquella noche se esforzaron todos para convencerme de que estaba bien y no pasaba nada, a pesar de la intensidad con la que yo intentaba convencerlos a ellos de que sí estaba mal y estaba pasando algo. Cuando después de seis horas en la sala de urgencias volví a casa al comienzo de la mañana, me dejaron dormir hasta pasado el mediodía. Al levantarme para comer, me preguntaron si había descansado, y el único espacio que se dedicó a hablar de esa noche fue para preguntarse de manera especulativa, porque a mi padre le incomodaba no saberlo, quién habría sido la médica que me había atendido y a quien no habían podido reconocer detrás de la mascarilla y del equipo de protección. A mí me importaba poco saber quién había sido la médica de guardia, pero entendí que seguía siendo un detalle de importancia para mi padre cuando me dice ahora que han visto a Silvia en el consultorio, que le preguntó si había sido ella la que estuvo en casa el día que yo tuve eso, y que Silvia —la médica de mi madre— les había dicho que sí. Mi padre se sentía satisfecho de haber encontrado la respuesta a la pregunta sobre un hecho concreto que llevaba haciéndose días y yo no solo lamenté no poder compartir su satisfacción, sino que sentí un resentimiento casi físico cuando tuve que admitir que mi condición, esa para la que mi padre no podía encontrar un nombre, para la que seguramente tampoco yo lo tenía, pudiera quedar resuelta en el mismo momento en el que se pudo identificar la cara de la doctora que había venido a atenderme en tiempos de pandemia.

Me pongo a recoger las cosas del desayuno que habían quedado encima de la meseta, sintiendo la voz de mi padre como un rumor de fondo y, mientras le pregunto de manera automática dónde está mi madre, vuelvo a pensar en lo que llevo pensando los últimos meses. Pero enseguida pierdo el control sobre esos mismos pensamientos y me quedo a expensas de unas emociones que se mezclan con la sensación del agua caliente en las manos en cuanto abro el grifo para aclarar las tazas del café. Aunque mi madre ha empezado a hablar, escucho lo justo para que no cuelgue y, sobre todo, porque tengo curiosidad de ver si en algún momento seré capaz de convertir mis pensamientos en preguntas, de encontrar el escenario en el que me digan, como sé que no van a decirme por más que quisiera, si guardan ese mismo silencio cuando yo no estoy o si van nombrando con los únicos sonidos que conocen lo que vieron que pasaba aquella noche de principios de otoño: lo mismo que escuché tantas veces siendo niña, cuando unos y otros hablaban de las tías Carmen y Encarna; de la tía Lisa y, también, del tío Alejandro.

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