El olor del abandono

Los años oscuros de nuestra historia reciente están llenos del dolor de las madres de hijas e hijos desamparados que alguien, o algo, les arrebató

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

No haber conocido a tu padre y a tu madre tiene que ser un dolor inmenso. No haberlos conocido aun sabiendo que existían, y vivían cerca, y llevaban una vida totalmente ajena a la tuya es un sentimiento para el que no existe nombre. Solo un abismo profundo en el centro de las emociones que gobierna cada una de las cosas que dices y haces ya para siempre.

La ausencia absoluta del padre estoy segura de que duele. La de la madre, más que dolor es un aullido constante que no conoce sosiego. Y no lo digo porque crea que los padres no son importantes y no nos hacen falta. Acabo de perder el mío y tengo la sensación de que la grieta que se abrió con su muerte jamás va a cerrarse. Pero mi padre siempre estuvo ahí. Aparezco en sus brazos en las fotos que me sacaron de niña y él aparece en cada una de las historias fundacionales que me formaron. Su presencia –y me siento afortunada de poder decirlo– fue demasiado grande para no recordarlo constantemente y no reconocerlo en muchos de mis gestos, en alguna de mis palabras, incluso en los olores que mi cuerpo reproduce de su cuerpo ahora sin vida. No estoy segura, en cambio, de que las emociones que afloran cuando la persona que te engendró decidió ignorar que lo había hecho y no llega a integrarse nunca en el paisaje afectivo de tu existencia sean igual de dolorosas. O lo sean en la misma medida en que lo son cuando la mujer con la que has tenido la relación física más íntima que jamás volverá a darse acabe desapareciendo al poco de tú nacer. Cuando eso ocurre, cada uno de los segundos de tu experiencia vital estarán ya marcados por el olor intenso del abandono.

No intento mitificar el rol de las madres ni de subestimar el de los padres. Tampoco hablo en primera persona, aunque reconozco que soy heredera sentimental de uno de esos abandonos. Y sé lo que pueden llegar a representar en el existir diario de quienes son abandonados. En realidad, solo soy capaz de pensar en un dolor semejante (yo diría que mayor), que resulta absolutamente inconcebible a cuantos solo nos hemos aproximado a él a través de palabras: el dolor de las madres de esas hijas e hijos desamparados que algún día alguien, o algo, les arrebató. Los años oscuros de nuestra historia reciente están llenos de cuentos con esta trama. Los años más claros de nuestra historia actual se obstinan en poner  al día un guion –tejido a base de sufrimiento inútil– en el que todos pierden.

Cuando era niña, la gente que llegaba regularmente a las casas pidiendo formaba parte del paisaje natural de las aldeas. En general eran gitanas, pero a la zona de Candamo solía venir cada cierto tiempo una mujer de una edad difícil de calcular, cargando una saca de algodón en la que guardaba ovillos de lana y ropa de bebé, que se llamaba María. Normalmente venía en cuanto empezaba a calentar, y no pedía más que un plato de comida y un lugar donde dormir cuando se hacía la noche. En mi casa llegó a comer en más de una ocasión, y más de una vez durmió en la cuadra. Nada más comer, sentada en el mismo banco del tendejón donde había comido, sacaba un ovillo de lana y se ponía a tejer. Y en cuanto acababa de tejer, sin más referencias literarias que las de su propia vida, destejía lo tejido para empezar de nuevo. Mi padre le preparaba una cama de yestro junto a los comederos donde amarrábamos los xatos cuando se quedaba a dormir, y allí pasaba la noche más arropada por el calor de las vacas que por el del cobertor que le dábamos para taparse. Rogaba que no entrara ningún hombre en la cuadra antes de que ella se hubiera levantado, y se aseguraba de que fuera mi madre, y no mi padre o mi abuelo, quien le abriera al día siguiente.

Hace más o menos veinte años, La Nueva España publicó una pequeña reseña acerca de esta mujer y, por boca de los sobrinos a los que entrevistaron, pudimos al fin entender que lo único que le daba sentido a su vida era transitar infatigablemente por los caminos de Asturias. Durante uno de los peores momentos de la historia de España, María había sido madre soltera y, al poco de dar a luz, se vio obligada a dejar a su hijo en un orfanato. La pobreza extrema y el patriarcado feroz de los años de la dictadura debieron haberla forzado a tomar una decisión que, en sus circunstancias, tuvo que haber sido la decisión más acertada. María iba cada poco al orfanato a ver a su hijo, me imagino que más que nada a abrazar a aquel niño con el que soñaría reunirse cuando fuera mayor, pero una de las veces que lo fue a ver le dijeron que se había muerto. María se negó a creer que esto fuera verdad y, desde entonces, supongo que enloquecida por el desconsuelo, la incredulidad y la angustia punzante que tal noticia tuvo que haberle causado, empezó a recorrer los senderos que va regando el Bajo Nalón en busca del hijo. Cada hora del día, cada día del año, sin darse ni un minuto de tregua.

Por esos mismos años en los que habría nacido el hijo de María, se fraguaron en la España de Franco historias similares. A mi abuela materna debió de haberle ocurrido algo parecido, y aunque ninguna de las tres hijas que tuvo de soltera se murió, a una de ellas no la volvió a ver desde que tenía dos años, muy probablemente menos. Si ella la abandonó o se la arrebataron no lo sé, porque en el momento en el que quise hacer preguntas no quedaba ya nadie que me diera respuestas. Me tocó seguir sacando mis propias conclusiones, analizando entre líneas la historia, intentando integrarme de la mejor manera en el mundo emocional de estas dos mujeres tan heridas, afectivamente dependientes una y la otra de la ausencia constante del cariño mutuo.

No mucho después de nacer su primera hija, a mi abuela la mandaron a Grao a servir, luego a Oviedo, y ya nunca volvió. O posiblemente no la dejaron que volviera, porque cuatro años después tuvo otra hija, y una hija más siete años más tarde. Debió de haber sido muy vergonzoso formar parte del guion de una película como esta en la España de aquel periodo inhóspito y despiadado que tan mal trató a las mujeres. Al menos, nadie en la familia inmediata de mi abuela parece que se atrevió a hacerlo y los días que se van convirtiendo en años fueron pasando hasta que ella se murió sin haber vuelto a ver la cara de esa hija suya que vivió siempre en la región emocional del abandono. Cómo la madre vivió este episodio paralelo no lo sé, pero el tiempo llegó a darme la oportunidad de saber que mi abuela, hasta el día de su muerte, llevó en su cartera una fotografía en blanco y negro de cuando la hija olvidada tendría seis o siete años. Y saber eso, aunque no fuera más que la única línea de un libro que no he podido conocer, me ha dado la posibilidad de acercarme tímidamente a la misma región de ese dolor desgarrado, seguro que insoportable, que también ella tuvo que haber sufrido durante toda su vida.

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