Agonía en Gaza

La aparente distopía de ver a los partidos de la ultraderecha europea apoyando a Netanyahu es en realidad algo perfectamente natural

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Resulta cada vez más evidente que los planes del estado genocida de Israel para Palestina son una “solución final”. Cada día leemos que las noticias son insoportables, que las imágenes son terroríficas, que el ejército de Israel y quienes, de la manera que sea, lo apoyan, tienen activado un receso de la conciencia. La aparente distopía de ver a los partidos de la ultraderecha europea apoyando a Benjamín Netanyahu es en realidad algo perfectamente natural, ultranacionalistas que pasan olímpicamente de las leyes internacionales y de las resoluciones de la ONU. Decía el “hombrecillo insufrible” que quién iba a decirle a él cuántas copas de vino tenía que tomar antes de conducir; ahora su Think Tank (mucho más Tank que Think), FAES, se permite afirmar que es muestra de antisemitismo llamar genocida a Netanyahu, es decir, que nadie les va a decir a ellos a cuántos miles de niños hay que bombardear o dejar morir de hambre para merecer ese calificativo.

Asistimos en directo al exterminio de Palestina, como sentados ante la representación de una tragedia griega. Sabemos el final, pero eso no impide que el alma esté en vilo. Decía Aristóteles que la tragedia actuaba en los espectadores provocando piedad y temor, y él mismo definía una y otra emoción en términos muy parecidos: en los dos casos se trataba de un intenso pesar ante el mal; en el caso de la piedad, ante un mal ya sucedido, en el caso del miedo, ante un mal que se considera inminente. Añadía que en el caso de la piedad se sumaba la idea de que el mal era inmerecido. Saber el final añadía horror a la experiencia, no lo eliminaba. Y del público se esperaba que empatizara con quien sufría inmerecidamente. Dicho en griego, que suena mejor: se esperaba una synagōnía, sufrir con el que sufre, sí, pero también combatir a su lado.

La palabra “agonía” está cargada en castellano de un contenido muy concreto, el que la liga al combate final, el del moribundo por seguir con vida. Pero en griego tiene un sentido más amplio y, con la maravillosa facilidad de esa lengua antigua para crear compuestos, con el prefijo syn– (que significa “con”, algo de lo que nos hemos reído siempre en nuestro primer contacto con el griego) adquiría el significado de estar al lado de quien lucha, sufrir con él, apoyarlo, hacer nuestro su dolor, su desasosiego. Pero para esto hay que tener neuronas activas, especialmente las “neuronas espejo”, que, aunque “descubiertas” a finales del siglo pasado, se supone que siempre han estado ahí ayudándonos a entender a los demás, a empatizar con el prójimo. ¿Es posible ver las imágenes que dejan los bombardeos, las fotos de niños muertos de hambre, los videos de ciudades convertidas en ruinas y polvo, sin sentir el corazón al borde del colapso? Parece que algunos sí pueden hacerlo.

Santiago Abascal hizo un viaje relámpago para estrechar la mano de Netanyahu después de conocerse una de las masacres más sangrientas y crueles en Palestina, pero no pasa nada, ya volverá a divertirse a El Hormiguero, y a otra cosa. No está solo y cuenta con la complicidad de medios dedicados a excitar neuronas escoria, que estoy segura de que también existen. Bastarán un par de entrevistas no digo dónde y una sesión con las hormigas para que también Giorgia Meloni nos parezca una mujer graciosísima y entrañable, inocua para la democracia. Ya han escrito de ella, no es necesario decir dónde, que es una “referencia de estabilidad” en Europa, y también hemos leído en una portada, imaginen de qué medio, que “Meloni brilla”. La misma que gritó en un mitin de Vox consignas contra los inmigrantes (va a decirle a ella Amnistía Internacional nada sobre sus medidas), la misma que voceó “sí a la familia natural”, la misma que ha quitado a los hijos de parejas lesbianas el derecho a llevar el apellido de sus madres. Pero brilla, no pasa nada. Con la indolencia con la que está respondiendo Europa al horror en Palestina, podemos estar seguras de que se necesitarían unas cuantas hogueras hechas de “familias antinaturales” repartidas por todo el continente para que su brillo llamara más la atención que el de la “cara Giorgia”; por los muertos en el mar podemos estar tranquilos, que no se ven y no molestan.

Si un genocidio en directo, documentado perfectamente a pesar de la censura israelí, a pesar de la eliminación sistemática de periodistas y personal humanitario, no provoca apenas respuesta, qué podemos esperar si empiezan a quebrarse uno detrás de otro derechos que casi creímos básicos (sanidad, educación, vivienda, amar a quien quieras…), pero que son apenas calderilla al lado de lo que vemos en Palestina, crímenes impunes contra la Humanidad día tras día. O empezamos a poner en práctica la synagōnía, o nos comerán las hormigas.

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