Felices por necesidad

La noche ha dejado de tener paredes, las luces de neón siguen pronunciando nuestras más perversas iluminaciones al ahora del after.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Desde que Edgar Cabanas publicó Happycracia, hemos venido verificando la necesidad de ser felices. Viene a decir Cabanas que la felicidad que se expresa en las redes sociales, Instagram, mayormente, es una impostura juvenil, pura ficción, el reverso luminoso de nuestra tristeza y nuestras frustraciones más oscuras. Un culto al hedonismo y un mausoleo del yo que no admite multitudes. Dicho así, Instagrám es el negativo de una realidad que determina la brecha entre la realidad y el deseo.

El turbocapitalismo vigente nos impone ser felices, aunque por dentro seamos un valle de lágrimas. Los hijos de la ira ya no tienen derecho al desencanto, ni a la rebelión, ahora que se cumplen 150 años de la fundación de la Comuna de París. Por el contrario, nos imponemos la obligación de sonreír aunque nos ahoguemos en la insoportable levedad del ser. Qué lejos nos queda Kundera, después de tanto tiempo.

“El turbocapitalismo vigente nos impone ser felices, aunque por dentro seamos un valle de lágrimas”

La noche ha dejado de tener paredes, las luces de neón siguen pronunciando nuestras más perversas iluminaciones al ahora del after. El narcisismo ha convertido todo ese frenesí eléctrico, farlopero y morfinómano en el retrato de Dorian Gray de varias generaciones que se solapan compitiendo por la juventud, el descaro, la orgía. Mientras imponemos una hegemonía de las emociones lacerante y destructiva, evasiva, dulce y penetrante, nuestro lienzo se va pudriendo por dentro. El mío se descompone a pasos agigantados. He pasado de la busca del tiempo perdido, a la captura del momento imposible. Pero la ceniza del tiempo va dejando su rastro dibujando en la memoria signos de culpabilidad que sólo nosotros mismos podemos expirar con la tarjeta de crédito. Todo lo que no hemos sido, todo lo que nos perdimos, todo aquello que sacrificamos por demostrar que, en algún momento, cada uno de nosotros fue feliz, duele tanto como un navajazo en el costado que nos resta otro año más de vida.

Finalmente, en esta nota alerta subrayaremos el culto a la persona ejercido por la persona misma. Se acabaron las grandes rebajas espirituales y los mitos últimos del fin de siglo. Las grandes superficies no pueden hacer nada contra Amazón y ticketxpress. Quiere decirse que la rebelión de las masas orteguiana ha agotado su costumbrismo hortera y su fidelidad a las marcas, solubles en la silueta femenina o el adonis masculino que preñan la pantalla del móvil. Se inicia con el yo y el tú entendidos como objetos de lujo una nueva forma de entender la felicidad. Ya no hay coartada social para la multitud del mismo modo que no lo hay para el enfado. Uno tiene que ser el lujo de sí mismo, la sonrisa del gato invisible, y así en este plan. Una no se salva como objeto suntuoso de un hombre. Lo que se le pide es que goce y ejerza como cosa suntuaria de si misma. Es la última respuesta personista al abrumador personalismo regido por los gerentes del yo y la felicidad.

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