Adrián Barbón, un político romántico

El que fuera un joven Werter de la política asturiana empeñó su gloria por un Estatuto reformado que ampliaría el horizonte y la dignidad política de los asturianos.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Con el final de las negociaciones del Estatuto, se ha instalado en los sótanos de Fruela el hedor político que esparce la melancolía. Los rostros, el gesto y el tono de los diputados no pasa de una mirada perdida, un lánguido parpadeo y un suspiro tediosamente sostenido que persistirá  hasta el final de una legislatura a la que algunos parlamentarios ya dan por finiquitada. Siempre que aflora el vértigo político del Estatuto, se expresa la fuerza del romanticismo. A la fuerza indómita de una negociación romántica, rota y desesperada le ha seguido el efecto devastador de la melancolía.

Adrián Barbón es un político romántico. El que fuera un joven Werter de la política asturiana empeñó su gloria por un Estatuto reformado que ampliaría el horizonte y la dignidad política de los asturianos. En los despachos se comportaba como Cavour, ambiguo y desconfiado, y en la tribuna de oradores como un Garibaldi dispuesto a asaltar la biblioteca del Vaticano. Pero tras el gatillazo, al Presidente se le nota angustiado, como un Goethe tardío, varado en Weimar, a quien la gloria oficial, los honores y consideraciones, han paralizado como escritor, devolviéndole una figura excesivamente correcta y reservada. Barbón lo sabe y en sus retórica no hace sino darse disculpas a sí mismo, engañarse, justificarse con un talento que mejor hubiera aplicado a propuestas políticas nuevas, audaces, y por desgracia inéditas.

“En los despachos Barbón se comportaba como Cavour, ambiguo y desconfiado, y en la tribuna de oradores como un Garibaldi dispuesto a asaltar la biblioteca del Vaticano”

De los románticos, las románticas y el romanticismo se ha escrito todo en España, así que lo que ha hecho Barbón se mueve entre la tradicón y el plagio. Ahora que se vuelve a debatir nuestra hispanidad territorial, el romanticismo volvió y revolvió en las instituciones asturianas, arrastrando a toda la banda izquierda a conquistar los cielos de la llingua, con toda la metafísica romántica de la novela victimaria y el adanismo de alguna diputada en Cortes, que atribuyera sentido y razón de ser a un mandato que tras el “gatillazo” o “castillazo”, en palabras de Ripa, ha dejado un vacío insondable en el hemiciclo.

“El Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga“, de Antonio Gisbert (1887-1888)

El romanticismo subsiste en esta abulia legislativa que gracias a Nietzche sabemos que acaba en nihilismo. Cada ley se hace soluble en silencio y tristeza. Quizá había que matar el Estatuto para volver a escribir su relato con renglones menos torcidos. Pero cuando Goethe estaba más dulcemente en Weimar, Napoleón se lo dijo: La política, imbécil. El Destino es la política. Sentimos ganas de decirle a Barbón lo mismo que Napoleón a Goethe en los pasillos de Fruela: – La política, imbécil. El Destino es la política. Pero la política, entendida como destino y no como trapiche fuera del parlamento, es el argumento de nuestra época, la trama de la novela política de nuestro tiempo. Todo hombre vive esa trama y el escritor está obligado, además, a contarla, a estudiarla, a analizarla, a explicarla. Los escritores sin «asunto» político suelen quedarse invertebrados e invertebrado nos salió el Estatuto que no quería molestar, que no quería hacer ruido, que se justificaba a sí mismo con la idea de una oficialidad amable, como Goethe en Weimar, menospreciando lo cotidiano, lo callejero, confundiendo la urgencia social con el costumbrismo y el culo con las témporas.

Javier Fernández (al fondo), atento a la sesión de investidura de Barbón. Foto: Iván G. Fernández

Aquello que iba a ser un todo en el espacio y el tiempo de los asturianos nos hereda un sentido material de la nada hasta que se anuncien nuevas elecciones. Mientras tanto, en el suroccidente asturiano comienzan a surgir plataformas localistas que traten de rellenar ese vacío, encabezados por viejos ex cargos socialistas. La reacción al romanticismo es el tremendismo. El peligro del romanticismo es que puede acabar convertido en la antesala del fascismo o un caciquismo rancio y cruel que se resuma en asfaltar las carreteras y una barragana para el cura. La novela de Pascual Duarte en el siglo XXI es la España vacíada. Este vacío de páramo, que tan bien contó Jesús Carrasco es el revés del romanticismo, pues no deja de ser la España apagada que también tiene su reflejo en Asturias cuando uno pasa por Cangas de Narcea, Tineo o Salas. Afirma Barbón que para las próximas autonómicas, los estatutarios lograrán más de 27 votos, lo que nos hace sospechar que después de su derrota, prevé repetir como candidato para conseguir el mismo resultado. A lo mejor, en 2023, a la FSA no le salen las cuentas porque Goethe ha perdido poder en influencia en las alas. Y la culpa no será de los socialistas, será por culpa de la Asturias mineral y abandonada. Ay.

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