Bibliotecas e ideología

Hay que ser muy valiente, en cambio, para ser periodista en Gaza, o librero en Cisjordania.

Recomendados

Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Soldados israelíes, con sus orejas de burro, sus corazones de piedra y sus almas podridas, irrumpieron esta semana en una famosa librería de Jerusalén Este, la “Librería Educativa” (The Educational Bookshop). Detuvieron a sus dueños, confiscaron cuantos libros quisieron y, lógicamente, causaron grandes destrozos, como haría una piara de cerdos si los lleváramos de excursión a una fábrica de porcelana de Sèvres.

En Gaza el ejército de Israel ya ha arrasado todo, y, además, se dice, hay un alto el fuego temporal, de manera que los brutos tienen que entretenerse ahora en Cisjordania y Jerusalén Este, y se emplean a fondo. En Gaza los organismos internacionales han denunciado un “escolasticidio” sistemático, es decir, una destrucción deliberada de todo el sistema educativo palestino, que a eso se refiere este término empleado por la profesora palestina de la Universidad de Oxford, Karma Nabulsi, para hablar de los crímenes de Israel contra su tierra. Todas, absolutamente todas las universidades de Gaza han sido bombardeadas, los colegios han sido también atacados y los archivos arrasados, además de los cientos y cientos de profesores y alumnos asesinados.

Bombardear universidades y bibliotecas, públicas y particulares, destrozar libros, es un acto deliberado que apunta al olvido, al deseo de romper la historia de un pueblo. Es un acto producto de una ideología criminal, la sionista, que tiene como objetivo borrar física y culturalmente Palestina. Y nada de esto empezó el 7 de octubre. En mayo del 2021 las bombas del ejército israelí destruyeron en Gaza la librería Al Mansour, conocida como “el templo de los libros”, con más de cien mil volúmenes. Era algo más que una librería, funcionaba también como casa editorial y era un referente imprescindible de la cultura palestina. Su dueño pudo reabrirla en febrero del 2022 gracias a una colecta internacional. Que imagine cada uno de ustedes su biblioteca reducida a cenizas, o sepultada bajo los escombros de su casa.

Hay quien dice que no tiene ideología, sino biblioteca. No son incompatibles, más bien al contrario. Una parte sustancial de la ideología de cada uno deriva de las lecturas que ha hecho, es decir, de su biblioteca. La estúpida contraposición entre la una y la otra es sólo una burda manera de presumir de la posesión de libros y, en consecuencia, de una elevada cultura. Y ya se sabe, dime de qué presumes… Pero es una oposición tan absurda como la que no dejan de establecer a un lado y otro del océano los soldaditos que quieren defendernos de lo “woke”, esos que invocan día tras día a griegos y romanos, pero no por amor a la cultura grecolatina, sino por odio, para arrojarle esa tradición cultural a la cara a su enemigo imaginario. Imaginario pero necesario cuando uno tiene vocación de soldadito, claro, pero no valor.

Cada día se publican artículos destinados a combatir al enemigo en cuestión. No me interesan ni un poco, me aburren infinitamente, pero esta semana no pude evitar una de estas columnas lloronas y su comienzo me dejó sin aliento. La escribía un ser al que no leo por principio en un periódico que no toco por lo mismo. Llegué a ella por caminos largos de contar y empecé a leerla casi sin querer. La columna alertaba del peligro “woke” y, cómo no, empezaba con una anécdota sacada de un pasaje archiconocido de las Vidas Paralelas de Plutarco (predecibles, como siempre, estos soldaditos, utilizando a los clásicos frente a lo “woke”). Se contaba la historia de un político ateniense al que algunos conciudadanos querían castigar con el ostracismo y, agárrense, ese ser al que no leo va y dice que el político en cuestión iba a ser “sometido a una consulta popular para establecer si se le condenaba al destierro –ostracismo se llamaba eso, pues se escribía el voto en conchas marinas”. Hasta ahí llegué, no leí más, en parte por el susto, pero sobre todo, ya lo he dicho, por principio. Me bastaron esas líneas para comprobar, una vez más, el empleo espurio que hace esta tropa de la cultura clásica.

La palabra “ostracismo”, en su sentido general, significa desterrar a alguien, efectivamente, y no es necesario estudiar cinco años de griego antiguo para saberlo, ni para utilizar con propiedad la palabra, pero si te vas a poner estupendo explicando etimologías, infórmate antes. Óstrakon, la palabra de la que deriva “ostracismo” significa pedazo de cerámica, un trozo de una vasija que se ha roto, por ejemplo. Sobre esos pedazos se inscribía el nombre del político al que se quería expulsar. Los museos griegos albergan una enorme cantidad de estos trocitos de historia y es emocionante verlos y descubrir en ellos nombres como los del famoso Temístocles. Eran el equivalente a nuestras papeletas de voto. Pero no eran conchas de ostras, no, cualquiera que ame de verdad ese mundo griego lo sabe, ha visto esos óstraka. Y cualquiera que además de amar ese mundo sepa algo de griego, sabe que “ostracismo” deriva de ese valor de óstrakon, de ese en concreto, “fragmento de tierra cocida”, no de las conchas marinas, a las que los griegos se referían con la misma palabra, pero que dio lugar a derivados completamente diferentes.

¿A qué viene ese alarde que quiso ser de erudición y sólo lo fue de ignorancia supina? Supongo que el ser al que no leo quiso ser imaginado leyendo las Vidas Paralelas de Plutarco en versión original, la Vida de Arístides en concreto, y consultando afanosamente diccionarios etimológicos. Pero, en realidad, lo que al menos yo me imagino es que la anécdota que cuenta sobre Arístides, una de las más conocidas del archiconocido Plutarco, la leyó en un sobre de azúcar y la etimología de la palabra ostracismo la buscó apresuradamente en Google. La finalidad era que todos comprendiésemos que él no es “woke”, que él hunde sus raíces en la mismísima región del Ática. De lo que venía después de ese brillante prólogo no voy a hablar porque no tengo ni idea, no me interesa. Algo se decía, en el subrayado de la columna, sobre la estupidez “woke” y bla bla bla.

Lo cierto es que, para nuestra fortuna, no existe ningún movimiento capaz de “cancelar” a Homero, a Esquilo o a Safo, ni existe ninguna ideología que tenga ese objetivo en su programa, ningún malévolo plan que responda a las payasadas que asustan a tanto soldadito temblón. El único daño a esta fascinante cultura se lo están haciendo los que la usan como arma y no como abrigo. En cambio, la ideología sionista sí está destrozando todo un universo, toda una cultura, miles de libros y bibliotecas.

No es de valientes luchar contra enemigos imaginarios, aunque a columnas como la que cayó en mis manos la claque responda con cientos de “Gracias por su valentía, Don Pimpón (nombre imaginario, que no estoy pensando en nadie), alguien tenía que decirlo”. ¿Alguien tenía que decirlo? ¿Alguien más? Pero si no callan, a todas horas. De hecho, esta misma semana lo han dicho las mentes más brillantes de la política europea pastoreadas por Abascal. No es valiente ni original alertar del peligro “woke”. Por otra parte, ni sometidos a tortura sabrían decir qué peligro es ese y qué bajas ha causado hasta el momento.

Hay que ser muy valiente, en cambio, para ser periodista en Gaza, o librero en Cisjordania. O para ser una niña en Palestina. Y hay que seguir construyendo bibliotecas y combatiendo ideologías criminales como la sionista. Ideologías que sí destruyen, que sí cancelan, que sí que matan. A algunos de nuestros aguerridos soldaditos de plástico los retrató magníficamente Ignacio Sánchez-Cuenca en su ensayo La desfachatez intelectual, que pide a gritos una ampliación. No sé qué bibliotecas tendrán, pero su ideología es tan obvia como su falta de valor.

Actualidad

spot_img